Apuntes de historia del arte

El Chi-Rho del Libro de Kells, Tercer entrega

Tercera entrega

En la última oportunidad en que tomamos el caso del Libro de Kells, quedaba pendiente la pregunta que intentaremos resolver hoy: ¿por qué los artistas irlandeses no hacían arte descriptivo?

Las culturas occidentales que durante la Antigüedad habían explotado el concepto de “mímesis” (semejanza) con mayor énfasis, habían sido la griega primero, y la romana después. La dominación de Roma sobre Grecia había tenido una contraparte cultural en el sentido inverso. Los vencedores romanos importaron artistas y arte griego en todas sus disciplinas, mientras continuaban su expansión geográfica. Aunque el Imperio llegó a abarcar aproximadamente 6.500.000 km2, hubo, sin embargo, un lugar adonde no pusieron pie: Irlanda. 

Sin romanos, a Irlanda no llegó el arte representativo, el de la copia o representación de la realidad visual que nos rodea. El arte allí tenía la impronta de otras dos culturas.

La primera es la celta. Ésta se expandió desde el centro europeo en todas las direcciones desde el 900 a. C., instalándose eventualmente en las Islas Británicas, llamadas así por uno de los pueblos que la conformaban, los britanos. La segunda es la germánica, que llegó a través de las invasiones homónimas, que aprovechando el agotamiento y decadencia del Imperio romano, habían traspasado sus fronteras en el siglo IV y precipitado su caída en el año 476. ¿Cómo reconocemos esas dos influencias? Volvamos a la página de Chi-Rho del Libro de Kells. 



Una “X” y una “P” se despliegan por el pergamino. Notaremos la influencia celta en las formas circulares y espiraladas que rodean a las letras, especialmente evidentes en la “X”. Resultá útil compararlas con piezas de orfebrería de esa cultura halladas en Inglaterra:

  


Estamos ante dos ejemplares de bronce: el reverso de un espejo y la cobertura metálica de un escudo de madera (hoy perdida). El Espejo Desborough está datado entre el 50 a. C. y el 50 d. C., mientras que el Escudo Battersea fue creado entre el 350 y 50 a. C. Comparándolos con las formas de nuestra página, seguramente encontraremos la semejanza:


Cada línea curva engendra otra, en un juego rítmico que encuentra contrapunto solamente cuando apreciamos las semejanzas entre estas formas estéticas y la otra influencia evidente en los manuscritos irlandeses: la de la estética germánica. En este caso, el objeto para contrastar es la hebilla de un cinturón, perteneciente al ajuar funerario de un hombre anglosajón, datado en torno del año 625. Si bien el nombre de este poderoso guerrero no se ha conservado, se conoce el ajuar con el nombre de Sutton Hoo, por la localidad donde fue encontrado. 

 

    

En las dos influencias encontramos el gusto por los ritmos ondulantes y la expresión del infinito. No cabe duda que esta idea rondaba la mente tanto de los orfebres celtas como de los anglosajones. En este último caso, el motivo característico consiste en una cinta sin fin, a la manera de la cinta de Moebius, que se enreda en nudos imposibles para siempre. En las dos imágenes a continuación podemos ver acercamientos a estos entrelazos. En la hebilla, dos serpientes se muerden mutuamente; en el cruce de la” X” del Chi-Rho de Kells, la lucha es más compleja, entre hombres y animales. Tal vez las dos obras evoquen en nosotros la imagen del mítico ouroboros, la serpiente que infinitamente se devora a sí misma. 

  

Notemos que estamos ante piezas, en los dos casos, fácilmente transportables. Tanto celtas como germánicos tenían costumbres nómades, por lo que desarrollaron su estética en piezas que pudieran llevar consigo, en lugar de obras arquitectónicas o de escultura a gran escala. Veamos además que los motivos son, o bien no figurativos, o bien de animales estilizados. El hombre no aparece en la estética celta, y cuando lo hace en la germánica, lo hace en la forma de un signo, casi un ideograma. En la “X” y “P” se expone ante nuestros ojos el pasado pagano de los objetos de orfebrería, ahora adaptados a la temática cristiana y a la necesidad de evangelizar por medio del texto escrito, en la que, por cierto, el libro también funciona como objeto transportable.

Mientras el pasado grecolatino se había dedicado a la figura humana por encima de cualquier otro tema, el espíritu insular se explaya en la infinitud de la naturaleza y la vida como lucha.


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