Recuerdos de la época virreinal

Santiago Mataindios


Vamos a analizar una pintura de la Escuela Cusqueña, un tema nacido en España y trasladado posteriormente al Virreinato del Perú con una transformación.

Los españoles que habitaban los dominios americanos de la corona española consideraron que la conquista de estas tierras tenía una semejanza con las campañas que se llevaron en la península ibérica para expulsar a los musulmanes que los dominaron a lo largo de casi ochocientos años.

En 844, el rey de Asturias Ramiro I se enfrentó en la Batalla de Clavijo a los musulmanes, derrotándolos e iniciando la llamada Reconquista Española que culminó con la creación del Reino de Castilla.


Según la leyenda, este triunfo cristiano contó con la ayuda de la aparición milagrosa de Santiago Apóstol, quien montado en un caballo blanco y armado con espada acompañó y derrotó a los “infieles”. Este acontecimiento fue plasmado en el arte español bajo el título de Santiago Matamoros, existiendo a partir del período medieval numerosas pinturas que lo reproducen, como este óleo del pintor sevillano Lucas Valdés Carrasquilla de 1690, que se expone en el Museo de Bellas Artes de su ciudad.


Ahora bien, la conquista del Incanato, con la toma de la ciudad de Cajamarca y la captura de Atahualpa en 1532, fue considerada como un acontecimiento semejante a lo sucedido en España con la derrota del Islam en la Batalla de Clavijo. Aquel Santiago Matamoros se transformó en Santiago Mataindios.

El tema fue difundido por las órdenes religiosas que evangelizaron la región y que encontraron resistencia en los pueblos que continuaban practicando sus ritos.

Como es frecuente en las obras virreinales, el fondo neutro y oscuro no demuestra profundidad; sólo la figura del jinete destaca cierto volumen y los nativos indican su posición a través de una sucesión de planos. La imagen de Santiago, de mayor tamaño (perspectiva jerárquica), muestra su condición divina.

Santiago luce una túnica rosada decorada con una serie de adornos en tonos plateados, al igual que los arneses y estribos del caballo. El ejército inca, por el contrario, tiene las vestimentas típicas de la región que se parecen a las mantas y ponchos que usaban. Llevan en la cabeza un adorno en forma de trapecio y con remate curvo que indicaba su condición guerrera.

En el ángulo inferior izquierdo vemos el retrato de un personaje de la época, totalmente ajeno a la acción y dirigiendo su mirada al espectador. Dada su postura y posición, muy probablemente se trate del comitente que encargó la obra.


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