Apuntes de historia del arte

Venus y Marte


En la segunda mitad del siglo XV, en Florencia, un mecenas espléndido, recordado como “El magnífico”, se rodeó de un círculo de intelectuales que buscaban evocar la antigua Academia de Platón. Se trataba de Lorenzo de Médici, patrón, entre muchos otros hombres brillantes, de Agnolo Poliziano y de Sandro Botticelli, autor del cuadro que analizaremos hoy: Venus y Marte. Recordamos a este pintor probablemente por su obra mitológica, aunque fue un autor muy prolífico de obras religiosas. 


 Sandro Botticelli, Venus y Marte, 1483/85. Temple y óleo sobre tabla. 69 x 173 cm, National Gallery, Londres.


En la imagen, Venus, diosa de la belleza y el amor y Marte, dios de la guerra, reposan junto a unos arbustos, delante de un prado, acompañados por cuatro pequeños faunos. Desde su punto de partida, esta obra es una perfecta representante del concepto de Renacimiento: esta tabla se inspira en una descripción escrita de un cuadro (hoy perdido) realizado en la Antigüedad; más específicamente, en el período helenístico. Ese texto antiguo, del poeta griego Luciano y probablemente traducido en el siglo XV por Poliziano, fue la inspiración para esta obra, donde como veremos, Botticelli introdujo interesantes cambios.

El cuadro original pintado por Echion mostraba, según la descripción de Luciano, a Alejandro Magno y su esposa Roxana reposando como Marte y Venus, con la compañía de amorcillos, mientras éstos juegan con las armas de aquél. Pero Botticelli y Poliziano transformaron a los antiguos protagonistas en los dioses que ya conocemos, y a los amorcillos en pequeños faunos.

El motivo, tema recurrente y explorado en varias de las obras de temática clásica por el artista, es el contraste entre el amor carnal y el amor celestial, expresado bellamente en la parte que toca a Pausanias del diálogo de Platón, El banquete. En ese texto, otro grupo de intelectuales se reúne en un simposio a beber y filosofar acerca de la naturaleza del amor. Uno de los invitados, Pausanias, expresa que hay dos formas de amor y no una: la “baja”, de los cuerpos, y la “elevada”, la de la idealización.

¿Cómo se expresa esa idea en este cuadro? Comencemos por notar el formato alargado que tiene. Esta tabla formaba muy probablemente parte de un mueble o spalliera; una cabecera, un banco o un cofre, que componía el mobiliario de un cuarto nupcial. En este contexto relativo al matrimonio, sin embargo, los representados no son Venus y Vulcano –su marido en la mitología– sino Marte, su amante; pero cualquier elemento que nos pueda remitir a pensar que ambos se relacionan de manera carnal se encuentra templado.

Empecemos por el final: Botticelli reemplaza a los amorcillos o erotes, emblemas del amor, por faunos. Estos seres mitológicos, aquí con aspecto infantil y menos amenazante, son protagonistas en los mitos de numerosos raptos de doncellas. Su cuerpo, mitad humano y mitad animal, expone su bestialidad: no están en dominio de sus instintos. En este cuadro, los cuatro intentan despertar a Marte; jugando con su arma, deslizándose dentro de su armadura y, como vemos que hace el más arriesgado de todos, soplando un caracol junto a su oído. Sin embargo, nada parece funcionar. Marte, el terrible dios de la guerra, el de la violencia desmedida, duerme bajo la mirada de Venus. Junto a su cabeza zumban avispas, pero es inútil: su fogosidad está bajo el dominio del amor.

Es evidente que esta Venus es la del amor celestial y no la del amor carnal; uno de sus atributos es la desnudez, que expone su faceta de diosa de la sexualidad, pero aquí aparece hermosamente vestida, peinada y serena. 

Los dos dioses aparecen vestidos de blanco. Este es un color asociado a la limpieza y a la pureza, dado que, en pintura, cualquier contaminación lo convierte en otro color: el rojo en rosa, el azul en celeste, el negro en gris y así con todos; contaminado, el blanco deja de ser blanco. Es un color que se caracteriza por su simbología relativa a la “nada” antes del “comienzo”; al vacío, la falta. Es por esto que es el color que corresponde al temperamento flemático. Recordemos que al mencionar la Teoría de los Humores, vimos que se trataba de cuatro líquidos que nos constituían, según su proporción, determinando caracteres singulares. El exceso de sangre establecía un temperamento sanguíneo, el de la bilis amarilla el colérico, el de la bilis negra el melancólico, y el de la flema, el flemático. Esta teoría, nacida en la Antigüedad y muy vigente en el Renacimiento, fue enriquecida con múltiples relaciones, algunas de las cuales ya conocemos: con las Estaciones, con los Elementos, y con los dioses olímpicos. Así, Júpiter con sus irrefrenables impulsos era de temperamento sanguíneo, Marte era colérico, Saturno era melancólico y Venus era flemática.

Vamos a los dos dioses que hoy nos convocan. Aquí, el colérico Marte no aparece de amarillo, ni junto a alguna fogata que exprese su cualidad cálida, seca e irritable; yace casi desnudo, con apenas un paño blanco cubriéndolo. Si pensamos a Venus como diosa del sexo, seguramente nos sorprenderá verla como representante olímpica del más apático de los caracteres; y, en este punto, será oportuno recordar a Pausanias y su idea de la existencia de dos diosas. La flemática es la Venus del amor celestial, no la del amor carnal. Su color es el blanco, y su calidad, húmeda y fría, es exactamente opuesta a la de Marte. Entonces, no nos sorprende que aparezca vestida de blanco, y entendemos que el paño de él corresponde a la noción de que sus violentos instintos se encuentran sofocados. 

En una habitación nupcial florentina, dos amantes se convierten en cónyuges.


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